1.3. Las clases bajas
La inmensa mayoría de la población española del siglo xix estaba encuadrada social y económicamente en las denominadas clases bajas o populares. Sin embargo, en este estrato social es importante distinguir entre las clases populares urbanas y las del ámbito rural, pues presentan importantes diferencias.
Pequeño artesanado y proletariado
El artesanado urbano estaba conformado por propietarios y trabajadores de pequeños talleres: zapateros, herreros, carpinteros, cristaleros... Tuvieron que afrontar el cambio estructural que supuso la supresión de los gremios y, en las urbes en proceso de industrialización, la competencia que significó el sistema de producción fabril.
En este sentido, a medida que se industrializaron ciudades como Barcelona o Bilbao, nació una nueva clase social: los obreros o proletarios.
Eran los trabajadores de las fábricas, sometidos a largas jornadas laborales que podían exceder las 14 horas diarias y que percibían salarios muy bajos. Las mujeres y los numerosos niños que también trabajaban en talleres y fábricas padecían igualmente las malas condiciones laborales, con salarios incluso bastante inferiores a los de los hombres
La precariedad también se daba en la vivienda, puesto que la escasa capacidad económica de la familia obrera con frecuencia la obligaba a compartir residencia con diversas familias más, sin medidas de higiene
ni intimidad.
Clases bajas rurales
La gran mayoría de la población española en el siglo xix vivía en el ámbito rural, dedicada a tareas agrícolas. Sus estratos inferiores estaban compuestos, por orden decreciente, por los siguientes sectores:
Los pequeños propietarios de tierra, con explotaciones de carácter familiar destinadas fundamentalmente a la subsistencia.
- Los arrendatarios y aparceros de pequeñas parcelas, con un sistema de producción idéntico al anterior. Según el tipo de contrato de arrendamiento que tuvieran, gozaban de estabilidad en la tierra que trabajaban o podían verse despojados de ella de manera periódica.
- Los jornaleros o braceros eran los trabajadores por cuenta ajena.
Este era el grupo más numeroso en el campo español, especialmente en el sur de la Península, por el predominio de los grandes latifundios. Eran contratados de modo estacional, según el volumen de las tareas agrícolas que hiciera falta realizar, por lo que podían pasar muchos días al año sin trabajar y, por tanto, sin ingresos. Los salarios percibidos, como en el caso del proletariado urbano, eran muy bajos y las condiciones de trabajo, igualmente duras.
Es importante señalar que la frontera entre estos tres sectores populares agrarios en ocasiones era muy difusa. No era inusual que pequeños propietarios y arrendatarios se emplearan como jornaleros con el objetivo de complementar los ingresos obtenidos del trabajo en sus parcelas.
Marginados y delincuentes
En el siglo xix había también importantes bolsas de población que vivían al margen del sistema socioeconómico establecido. Se trataba de los llamados pobres de solemnidad: personas que ejercían la mendicidad por estar privadas de cualquier sustento económico y que debían acudir a la caridad, frecuentemente eclesiástica, aunque durante el siglo xx el Estado fue instaurando un muy incipiente estado del bienestar. Los mendigos podían ser huérfanos desasistidos, viudas de jornaleros, enfermos o ancianos sin ningún amparo familiar.
Los censos poblacionales reflejan también la presencia de vagabundos, alcohólicos y delincuentes sin residencia fija. Se encontraban mayoritariamente en el campo; deambulaban entre diferentes municipios y estaban sometidos a la persecución policial.
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