1.5. La condición social de la mujer
Durante todo el siglo xx, se intensificó el discurso dominante que defendía la superioridad del hombre sobre la mujer. Según esta visión tradi-cional, la mujer debía asumir una función natural que la relegaba a ejercer únicamente como esposa y madre, y siempre en el seno de un
ámbito doméstico.
Esta concepción era aplicable a toda mujer con independencia de su clase social. No obstante, las mujeres de los estratos más bajos de la sociedad, dadas las penurias económicas que padecían, con frecuencia se veían obligadas a trabajar en el campo, las fábricas o como sirvientas en casas de familias de las clases altas. Los salarios que percibían por estos trabajos eran sensiblemente inferiores a los que recibían los hombres en empleos similares. Además, una vez finalizada la larga jornada laboral fuera de sus hogares, debían hacerse cargo de la crianza de los hijos y la asistencia a los mayores. Por su parte, las mujeres burguesas y aristócratas no trabajaban y contaban con un más o menos numeroso
personal de servicio a su disposición.
Asimismo, la mujer tenía vedado el derecho al sufragio, así como la participación en la vida política. Desde el punto de vista jurídico, estaba sometida a una figura masculina, ya fuera el padre o el marido, según cuál fuera su estado civil. Ese hombre tomaba todas las decisiones económicas, familiares y personales que la afectan.
Por lo que respecta a la educación, habitualmente estaba reservada a las mujeres pertenecientes a las clases sociales acomodadas. La enseñanza que estas recibían era discriminatoria y promovía valores como la obediencia y la sumisión al hombre, la piedad y la destreza para realizar las tareas domésticas. En muy contadas ocasiones las mujeres pudieron desarrollar estudios académicos superiores. Su presencia en la universidad, mucho más puntual todavía, no se dio hasta comienzos de la década de 1890.
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